Benjamín Sisterna nació en Vera, Santa Fe, en 1914, en una familia humilde de 11 hermanos. A los 13 años dejó la escuela para vender tortitas negras por la calle. A los 18 se mudó a Buenos Aires. Y a los 33, en 1947, empezó a experimentar con una receta de alfajores que llevó en un papelito plastificado dentro de su billetera durante décadas.
Sisterna fue uno de los tres fundadores de Havanna, junto con el griego Demetrio Elíades y el italiano Luis Sbaraglini. La marca que arrancó en la esquina de Rivadavia y Buenos Aires de Mar del Plata el 6 de enero de 1948 se convirtió en la más reconocida de la Argentina. Pero la historia de Sisterna va más allá de Havanna: era también coleccionista de caracoles, con 30.000 piezas y 26 vueltas al mundo para encontrarlas. Para entender quién fue, conviene arrancar por sus orígenes en Santa Fe.

Infancia en Vera, Santa Fe, cerca de La Forestal
En 1914, en el pueblo de Vera, departamento Vera, provincia de Santa Fe, nació Benjamín Sisterna. La zona estaba dominada por La Forestal, la empresa inglesa que controlaba grandes extensiones de monte y obrajes en el norte santafesino. Su padre era carpintero, y la familia vivía cerca de los establecimientos de la empresa.
Sisterna creció en una familia de 11 hermanos, con problemas económicos acentuados por el fallecimiento de su padre de angina tabácal cuando Benjamín era joven. A los 13 años, cursando quinto grado, abandonó la escuela y se convirtió en el sostén de su madre y sus dos hermanas. Cursó toda la primaria en Santa Felicia, una localidad cercana a Vera.
Sus primeros ingresos vinieron de la venta callejera: tortitas negras que preparaba y ofrecía por las calles del pueblo. Esa experiencia de vendedor ambulante, con 13 años, fue su primera escuela de negocios. A los 14 entró a trabajar en la confitería "Las Delicias", en el área de ventas. Uno de los propietarios de Las Delicias propuso abrir una sucursal en Buenos Aires, y Sisterna se mudó con su madre y dos hermanas a los 18 años.

De vendedor de tortitas a Buenos Aires
A los 18 años, con su madre y dos hermanas, Sisterna llegó a Buenos Aires. La mudanza fue impulsada por uno de los dueños de "Las Delicias", que quería abrir una sucursal en la capital. En Buenos Aires, Sisterna pasó por varias confiterías donde aprendió los secretos de la panadería y la repostería.
Una de las confiterías donde trabajó fue "Los Dos Chinos", una de las tradicionales de la ciudad. Después entró a la fábrica de alfajores "Santa Mónica", donde tuvo su primera experiencia con el producto que después lo definiría. Hasta ese momento, su incursión en el mundo del alfajor recién se había producido a fines de los años 30.
En Santa Mónica, Sisterna demostró talento para el comercio y el armado de vidrieras. Sus altas comisiones incomodaron a uno de los socios, que prefirió retirarse. En 1946, Sisterna compró la parte de ese socio y pasó de empleado a dueño. El dueño original de Santa Mónica era el italiano Luis Sbaraglini, que pasó de ser jefe a socio de Sisterna.
El encuentro con Demetrio Elíades y la fábrica Havanna
Como proveedores de alfajores de Santa Mónica, Sisterna y Sbaraglini conocieron a un griego inquieto llamado Demetrio Elíades, que tenía una confitería de espectáculos llamada Havanna en la esquina de Rivadavia y Buenos Aires, en Mar del Plata, frente al Casino Central. El nombre "Havanna" (con doble n) lo había puesto Elíades a su confitería.
Los tres compartían una visión: crear un alfajor diferente de los que existían hasta entonces. "Querían un alfajor diferente, de sabor delicado y con esencias de almendra", recordaría años después Pablo, hijo de Benjamín. En 1947 empezaron a charlar sobre transformar el local de Elíades en una fábrica.
Los seis meses con el maestro Toribio
Se encerraron a experimentar durante seis meses. Junto a un maestro pastelero llamado Toribio, probaron y descartaron fórmulas hasta que dieron con la tecla: una masa que se fundía con el relleno y un dulce de leche de calidad superior. "El señor Toribio mezclaba, amasaba, reducía, aumentaba cantidades, y nosotros probábamos", contó Sisterna. "Engordamos durante ese tiempo de 'laboratorio'."
La fórmula se logró en 1947 en Buenos Aires. "En 1947. Y nunca la cambiamos, porque es buena", dijo Sisterna en una entrevista. La fórmula no tenía nada de misteriosa: "el secreto es elaborarlos con ingredientes de primera calidad". Manteca verdadera, chocolate para bombones finos y esencias de la mejor calidad. El 6 de enero de 1948, reinauguraron Havanna en la esquina de Rivadavia y Buenos Aires.

El papelito plastificado con la fórmula
Durante décadas, Sisterna llevó la fórmula original de Havanna en un papelito plastificado dentro de su billetera. Ese detalle, que su hijo Pablo contó en entrevistas recientes, ilustra el carácter del fundador: la fórmula no estaba en una caja fuerte ni en un archivo corporativo, estaba en el bolsillo del hombre que la había creado.
Esa fórmula, lograda con Toribio en 1947 en Buenos Aires y aplicada desde el 6 de enero de 1948 en Mar del Plata, nunca se cambió. Sisterna la consideraba buena y no vio razón para modificarla. La simplicidad de la fórmula (ingredientes de primera calidad, sin misterio) contrastaba con la complejidad del proceso empresarial que la rodeaba: para los años 60, Havanna producía en cuatro lugares distintos y trasladaba las tapas en camiones para ser rellenadas en otro punto.
En 1965, Sisterna divisó un terreno triangular frente al mar, en la zona de La Perla. Pese al escepticismo inicial por la forma del lote, apostó por la visibilidad de la marca. Ese año se inauguró el edificio emblemático que unificó la producción y se transformó en la postal de la ciudad.
El coleccionista de 30.000 caracoles
Paralela a su vida como fundador de Havanna, Sisterna tuvo otra pasión que lo acompañó desde los 17 años: la colección de caracoles. Empezó cuando recibió un caracol de un hermano mayor, y nunca había conocido el mar antes de eso. La colección creció hasta llegar a 30.000 piezas, buceando o intercambiándolos, y dio 26 vueltas alrededor del mundo para encontrar distintas especies.
Esa pasión por los caracoles convivió con su actividad empresarial durante toda su vida. Mientras presidía Havanna y vivía entre Buenos Aires y Mar del Plata, Sisterna recolectaba, clasificaba y estudiaba caracoles. En 1998, tres años después de su fallecimiento, su hijo Pablo abrió el Museo del Mar en Mar del Plata con la colección, que funcionó de 2000 a 2012.
El Museo del Mar fue una de las formas en que la familia Sisterna devolvió a Mar del Plata parte de lo que la ciudad le había dado. La colección de 30.000 caracoles, reunida durante 26 vueltas al mundo, es uno de los patrimonios naturales más singulares de la ciudad.

La presidencia de Havanna y el legado
Después del fallecimiento de sus socios en los años 60, Sisterna se convirtió en presidente de Havanna. En los años 50 y 60, la empresa había abierto cerca de 10 locales en Mar del Plata. Entre 1963 y 1964, inauguraron una nueva fábrica en La Perla. La marca se expandió a otros balnearios y ciudades como Córdoba y Mendoza.
Sisterna presidió la compañía hasta 1990, cuando su hijo Pablo tomó el relevo en una sociedad que ya contaba con 17 integrantes. Falleció en 1995, dejando una empresa que en 1998 sería vendida al Exxel Group por 85 millones de dólares, y que después pasaría por manos del fondo Inverlat en 2003.
Hoy, desde su planta en el Parque Industrial de Batán, salen más de 100 millones de alfajores al año. La marca tiene más de 400 sucursales y exporta a una docena de países. Pero el origen de todo eso estuvo en un papelito plastificado, en la billetera de un hombre que a los 13 años vendía tortitas negras en las calles de Vera.

Benjamín Sisterna nació en Vera, Santa Fe, en 1914, en una familia de 11 hermanos. A los 13 años dejó la escuela para vender tortitas negras; a los 18 se mudó a Buenos Aires; a los 33, en 1947, dio con la fórmula de Havanna tras 6 meses de experimentación con el maestro pastelero Toribio. Llevó esa fórmula en un papelito plastificado dentro de su billetera durante décadas. Falleció en 1995, habiendo juntado 30.000 caracoles y dado 26 vueltas al mundo para encontrarlos.
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